¿Qué tiene que ver la fascia con las emociones? ¿por qué esa sensación de bienestar al terminar la terapia? ¿y por qué a veces surgen reacciones emocionales durante o después del tratamiento?

Los avances recientes en neurobiología empiezan a explicar esta relación. Para empezar, hasta hace poco no se sabía que la fascia era sensible, y hoy sabemos que alberga el mayor número de terminaciones nerviosas de todo el cuerpo. Lo que pasa es que son muy chiquititas, y hasta ahora no se habían visto. Se llaman terminaciones nerviosas libres, y recogen información sobre el estado basal del cuerpo: temperatura, acidez, cantidad de oxígeno… y también sobre su estado mecánico, sobre su nivel de tensión. A esta información se le llama interocepción.

Esta información se dirige al cerebro, y se gestiona en las zonas basales, sin alcanzar la corteza cerebral. El cerebro responde al estímulo, por ejemplo ajustando nuestra frecuencia respitatoria y cardiaca, pero no somos conscientes de toda esa información; se regula de forma autónoma. Sin embargo, hay una zona de la corteza que recibe información directa desde estos centros basales: es la ínsula, precisamente donde se organizan y traen al consciente las emociones.

Esto explica por qué durante y después de un tratamiento que alivia la tensión de la fascia «nos sentimos» mejor. Nuestros receptores informan de que la tensión se ha reducido, el flujo sanguíneo es mejor, llegan mejor los nutrientes… y de toda esa información, lo que nos llega al consciente es alivio. Bienestar.

Sin embargo, hay ocasiones en que la movilización de algún tejido que lleva mucho tiempo rígido nos devuelve un recuerdo emocional, a menudo traumático. Esto también tiene explicación. Nuestra memoria relaciona la información que llega al cerebro (imágenes, sonidos, olores, y también la información postural e interoceptiva) y la fija, sobre todo en los momentos emocionalmente intensos. Esto nos ayuda a no volver a caer en situaciones de riesgo. A partir de una situación traumática, el cerebro tiende a evitar todo lo que tiene asociado a ella: las imágenes, los sonidos, los olores… Nos dan miedo. También la postura, y también la situación interna de la fascia en aquel momento.

Por eso a veces en el proceso de rehabilitación no conseguimos recuperar determinados movimientos, o los hacemos de manera sutilmente diferente. Nos dan miedo. Y por eso a veces es necesaria la terapia miofascial. En la seguridad de un entorno tranquilo, bajo cuidado profesional, podemos conseguir la confianza suficiente para soltar las barreras creadas. Y esto a veces hace recordar la emoción que el cerebro tenía asociada a esa lesión. No pasa nada. El cerebro aprende rápido, se da cuenta de que no es para tanto, y retoma el movimiento natural. Y los dolores se volatilizan como por arte de magia.