Esa es la cuestión.

Todavía hay mucho desconocimiento sobre la fascia y su funcionamiento. Sin embargo, los avances científicos en distintos campos de la biología y la medicina nos dan ya indicios sobre la posible base fisiológica de la respuesta corporal al tratamiento con Inducción Miofascial.

La fascia está compuesta básicamente de células (entre otras, los fibroblastos), y matriz extracelular formada por fibras (colágeno y elastina), que conectan las células entre sí y a otros tejidos, embebidas en una mezcla de agua, azucares y proteínas de consistencia mucosa. Cuanto más hidratada esté la matriz, mejor se mueven los tejidos.

La disfunción miofascial consiste básicamente en que alguna zona de la fascia está más rígida y pegajosa de lo normal, lo que compromete el movimiento de esa zona, y por extensión del resto del cuerpo. Esto sucede como secuela de un proceso inflamatorio de cualquier origen (traumatismos, infecciones, cirugías…). Estas zonas disfuncionales tienen mayor número de fibras y más proporción de fibras rígidas que elásticas. Sus células están engrosadas y en un estado de máxima tensión mecánica. Y su matriz está deshidratada.

Al hacer Inducción Miofascial aplicamos fuerzas más o menos suaves, de forma lenta, y mantenida en el tiempo. El estímulo debe ser suficientemente intenso como para provocar una respuesta, pero no tanto como para provocar una reacción defensiva del sistema musculoesquelético. Y debe ser tan lento que se prolongue en el tiempo todo lo necesario para obtener la respuesta buscada. Pueden ser varios minutos, o un cuarto de hora, o incluso más tiempo.

Se ha demostrado que la matriz celular tiene propiedades viscoelásticas, es decir, cuanto más lenta sea la fuerza que se le aplica, más plástico es su comportamiento, y menor es su tendencia elástica. Es decir, las fuerzas lentas son las que generan los cambios mecánicos que permanecen. Pero además todo cambio mecánico en un medio saturado de agua provoca movimiento de agua desde las zonas sujetas a más presión hacia las más relajadas; la rehidratación haría a su vez que la matriz extracelular se vuelva más fluida y menos pegajosa.

También hay numerosos estudios que demuestran que el nivel de tensión al que están sometidas las células (hablamos de los fibroblastos, pero sucede con otros muchos tipos de células) puede hacer que cambien su comportamiento. Las células ajustan la tensión de su citoesqueleto a las demandas existentes, y también modifican su actividad: generan fibras más o menos rígidas, o deshacen las fibras que existen en su entorno, en función de los requerimientos mecánicos. Es decir, si conseguimos cambiar el nivel de tensión del entorno celular, a medio plazo los fibroblastos relajarán el tejido y modificarán su estructura fibrosa para hacerlo más elástico.

Además, recientemente se ha puesto de manifiesto que la fascia es uno de los tejidos más profusamente inervados con terminales sensibles al estímulo mecánico, los llamados terminales libres. Algunos estudios apuntan a que estos receptores nerviosos informan al cerebro del estado de la circulación sanguínea local, a nivel capilar. Una tensión constante como la que se aplica con las técnicas de inducción podría disparar una señal de alarma por un bloqueo local del retorno venoso, que tendría una respuesta del sistema nervioso autónomo como la que se observa durante nuestras sesiones de tratamiento.

Por último, la estimulación por inducción miofascial provoca además una respuesta muscular involuntaria, que probablemente busca solucionar estos conflictos tensionales locales utilizando la herramienta mecánica más eficaz del cuerpo: el movimiento articular. Este tipo de respuesta es muy variable de unas personas a otras, puede darse desde pequeñas sacudidas, toses o cambios de postura, hasta movimientos muy amplios.

Estos movimientos son la reacción más llamativa a la terapia, y sin embargo son seguramente sólo la punta del iceberg de todo un conjunto de mecanismos fisiológicos que tienen como objetivo asegurar que todas las partes del cuerpo se mantengan suficientemente elásticas y relajadas para permitir el flujo sanguíneo y la función celular óptima. La red miofascial se podría considerar así el sistema corporal responsable de mantener el equilibrio mecánico del cuerpo, la largamente ignorada homeostasis mecánica.